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CUENTACUENTO

CUENTACUENTO

-Tendrás que hacer alianza con tu enemigo si deseas alcanzar la presidencia.


El hombre salió de la carpa y caminó hasta su despacho. Sin pensar dos veces se conectó por video conferencia:

-Te ofrezco que encabeces las diputaciones en catorce distritos a elegir a cambio de que depongas tu candidatura presidencial.


Al otro lado la imagen regordeta del opositor, brillante por la luz artificial, respondió:

-Más los contratos mineros con los chinos.

-Cabrón. Eso veremos – dijo el hombre, con aire despótico.

-¡No, carajo! Los contratos corren de nuestra cuenta – dijo, como silabando, el opositor.

-Espera. Dame tiempo – espetó el hombre. -Y salió en busca de la Turca.

La Turca echó las cartas sobre la franela roja. Miró los ojos inquietos del hombre, apretó los dientes y pronunció con aplomo:

-Tendrás que matar a los opositores de las izquierdas, antes que ellos te maten.


El hombre salió seseando. Dispuso que los sicarios atenten contra la vida de los de izquierdas, incluido los socialdemócratas por traidores. A poco, aparecieron decenas de cadáveres en fosas comunes.


Por enésima vez el hombre acudió a la carpa, en busca de la Turca, quien, al leer nuevamente la mano temblorosa del hombre, concluyó:

-Debes suicidarte. No entiendes que la riqueza no es tal sino está en función social.

El hombre la dejó para ver que todos los electores estaban muertos, también la Turca y su hija yacían muertas en la puerta.

Afuera llovía. Un estruendo levantó las tejas de las casas, y los perros salieron en estrepitosa carrera

ARMAOS LOS UNOS A LOS OTROS

Somos una pareja feliz, sin palabras. No las necesitamos porque el amor puede más.

Ayer fuimos de visita al zoológico, y supimos que los felinos se comunican con los olores, los chimpancés con sonidos guturales y las jirafas con movimiento de cabeza. Los mundos interiores les basta.

De regreso a casa miramos a dos hombres discutiendo en la calle, a juzgar por sus bruscos trasiegos; dejaron de lado las palabras y se fueron a las manos y a las armas. Ambos murieron.

Las palabras son armas ¿Para qué otras armas?

¡CHILALO!

Llegó con diez minutos de retraso. El conserje cerró la puerta de entrada al colegio, y escuchó el ruego del Chilalo: Por favor maestro Albertito, déjenos pasar, yo lo recompensaré con una propina. Había ocho estudiantes de pie, resignados a perder el canto del himno nacional y las indicaciones del padre Eguiguren, quien oficiaba de vicerrector. El conserje los miró con tristeza, y dijo: No puedo, jóvenes, debo cumplir la orden superior porque si les concedo pasar me echan del cargo.

El Chilalo no insistió, vio a sus compañeros uniformados con la cabeza rapada, las bastas del pantalón por dentro de las botas negras y brillantes, la camisa de mangas largas, el cuello ajustado por una corbata negra que rozaba el pecho. Parecían muñecos de plomo claro a juzgar por la tonalidad de la tela, importada de Perú.

– Pronto vendrá el inspector por nosotros – dijo el morlaco Ortiz, mientras abría la mochila de cuero café.

– Si. Pero nos espera la sanción de 50 ejercicios en cuclillas, más 50 vueltas en el patio – expresó el Tostado González. – Los demás bajaron la testuz, excepto el Chilalo, quien emitió un silbido idéntico al pájaro artesano de la frontera.

– ¿Qué significa eso? – dijo impaciente el Flaco Romero.

– Es la buena suerte del pájaro madrugador – respondió el Chilalo con pecas en su rostro pálido, ojos vivaces y nariz puntiaguda y cabeza chinicuro.

– Dios te oiga porque estamos expuestos a los caprichos de los brigadieres – enunció la Chiroca Bermeo.

De pronto llegó el inspector con gafas oscuras y un silbato colgado del cuello. Los midió a los ocho, y verbalizó:

– Pasen a formar en el patio, junto a los indisciplinados.

Los que cometieron faltas de indisciplina durante el acto cívico, entre ellos el Poeta, sumaban veinte.

Dentro del colegio había un silencio cómplice. Era la semana preparatoria de exámenes trimestrales. La planta alta del vetusto edificio, albergaba a cuarenta estudiantes por aula donde apenas se escuchaba la voz del profesor. El silencio balbuceó entre las paredes gruesas: Algo va a suceder.

El inspector dio órdenes a los brigadieres para que procedan, mientras el observaba los movimientos desde un ángulo del patio.

– Vamos en fila india, rápido – dijo el brigadier de quinto curso, con voz aflautada-. Y agregó: Posición de pato y manos detrás de la nuca. ¡Cinco vueltas!

Los estudiantes comenzaron a mover el cuerpo sin chistar. El Chilalo muy cerca del Poeta. Los cuatro brigadieres con garrote, amenazaban a quien intentaba pausar la marcha.

– Oye, Poeta, guarda tus gases para el padre Mario que le gusta la mariconera.

– Recibe lo que mereces porque tú también entras al vicio – aseveró el Poeta, quien sintió un garrotazo del brigadier en el hombro izquierdo.

– ¡Alto! – proclamó el brigadier de sexto curso. Y, con la mano en los testículos, agregó: Vamos el perrito, vamos uno sobre otro.

Los veintiocho en parejas, presionaban: el Flaco contra el Tostado, el Aguacate contra el peruano, el Bombero montado sobre el Burgués, y todos simulaban el acto sexual del perro.

– ¡Cambiar pareja! – trinó el brigadier de quinto.

El Chilalo subió en los glúteos del Poeta para sentenciar: Te saco todo el desayuno, mariconcito clandestino.

El Poeta jadeaba con la cabeza en el patio averiado.

– Para, para, para – dijo el brigadier de sexto-. Y con el garrote en alto, ordenó: De pie, ahora, des-can- so, atención, firmes. Veinte vueltas por el borde de la cancha, ¡yaaa!

Los estudiantes trotaban a paso lento, y respondían a las interrogantes del brigadier de quinto:

-¿Quién es el patrón?

– Mi colegio, cabrón

– ¿De quién es el Marañón?

– De Ecuador y no del gringo ladrón.

La sanción culminó con un baño en las duchas de agua fría, y luego la espera del recreo y la reanudación de clases.

A medio día los estudiantes, salían del colegio para retornar a las dos de la tarde. En grupos de cincuenta ganaban la calle principal para dispersarse en medio del bullicio de la ciudad.

– Todo fue un juego – dijo el Chilalo al Poeta, mientras cruzaban la avenida Kennedy sin semáforo.

– Un juego necesario

– Para justificar el machismo.

– Ah, y el homosexualidad también

– Vivimos la hipocresía al rojo vivo.

– Si. Pero pronto acabará.

– ¿Qué profesión te gusta?

– Quiero ser militar, como mi papá.

– ¿Y tú?

– Soy poeta. ¿No me ves?

– Si. Pero no ganarás dinero con eso de poeta.

– El dinero no es todo, dice mi mamá.

– ¿Todo?

– Todo es el recorrido que hacemos en la vida. Yo voy a luchar por un país con justicia social, como dice el profesor de cívica – mentó, mientras limpiaba sus jetas con un pañuelo. Y agregó: Sólo entonces vale vivir por una causa noble.

– Eso es romanticismo.

– Sí. Pero prefiero el romanticismo al catolicismo.

Se despidieron. El Chilalo vio a tres estudiantes con escaleras, pintura y brochas. Una joven quitó el rótulo de Kennedy, y reemplazó con letras de molde: Avenida Universitaria.

El Poeta entró a la casa. Sentado a la mesa, miró un tarro de leche en polvo, sellado por la Alianza para el progreso. Pensó en el alacrán que atrapó en el jardín para ponerlo en un frasco vacío de Nestlé, acompañado de un poema escrito en un pedazo de papel reciclado, con destino al mar.

Preguntó a su madre sobre la procedencia del producto norteamericano.

– Es un obsequio, hijo, del señor gobernador y del Cuerpo de paz.

– Dicen que esa leche provoca la esterilización

– ¿Quién dijo?

– El profesor de biología

– ¿El socialista?

– Yo sólo sé que fue seminarista; salió del seminario para casarse.

– Ah. El matrimonio es una institución seria.

– No creo en eso, mamá, porque la Bouavier en sus libros, rechaza al matrimonio. Y creo que no está descaminada.

– Por ahora dejemos el tema, y toma la leche del gobernador.

En la calle había un movimiento inusual de la policía. Los estudiantes estaban detenidos dentro de una camioneta patrullera. A lo lejos detonaban las bombas lacrimógenas, y la ciudad se desperezaba como un perro sin dueño.

Por la tarde el Chilalo no llegó al colegio. Estaba detenido en la cárcel de la Bolívar con Imbabura, en compañía de seis estudiantes. El poeta estuvo a verlo, y lo encontró demacrado.

– ¿Cuáles son los cargos?

– ¿Cómo? ¿Estuviste en los disturbios del Consulado?

– Sí

– ¿Y ese vendaje?

El Chilalo narró la captura violenta de los estudiantes por parte de un piquete de policías. Mostró la lesión en la cabeza, cubierta con un vendaje y las contusiones en las espaldas. El Poeta pensó en el pájaro Chilalo que vio en el libro de ciencias naturales, donde las alas exhibían una tonalidad parecida al achiote.

El poeta abrazó al Chilalo, y en la calle silbó como el pájaro fronterizo, hasta despertar la curiosidad de los transeúntes. Era un sábado de sol frío, mal agüero.

1960

– ¡Ya viene la rural ! – gritó el patojo; pero los contendientes hicieron caso omiso de la alarma: machete en mano, enfrentados como gallos de pelea, blandían el acero resplandeciente. Eran espadachines a luz del medio día, en la puerta de la taberna.

¡Suiiit!

¡Suiiit!

¡Suiiit!

El hombre de camisa blanca, contorneaba. El machete parecía rayo. El de camisa celeste respondía con agilidad: esperaba al enemigo con el acero hacia arriba, abajo y a los costados.

– ¡Alto! – dijo el rural a su compaňero que respondió:

– Mi cabo, no vale interrumpirlos. Es peligroso.

Los rurales, apostados enfrente de la cantina, junto a los curiosos, miraban la pelea sin despojarse de los sombreros alados.

De repente el de camisa blanca, recibió en la oreja izquierda el machetazo. No se amilanó. La sangre goteaba en su cuello.Pero enseguida se repuso, y atacó. El machete golpeó en la cabeza del hombre de celeste.No se levantó.

La fractura del esfenoide era mortal.

– ¡Se acaboo! – dijeron al unísino los espectadores.

Los rurales acorralaron al vencedor. Lo amenazaron con armas de fuego. A poco se rindió sin despojarse del machete untado de sangre. Esposado, aún resollando, caminó escoltado por el piquete.

El cabo miró a los de a pie:

– ¡Retírense! No hay nada que ver.

Una mujer de vestido gastado, con la camiseta alusiva al candidato del partido conservador, murmuró:

– Con plata, salen no más.

Sobre el Autor

césar cando mendoza

Estudios superiores en pedagogía y filosofía por las universidades públicas de Loja y la Central de Quito, Ecuador; arte digital en la Universidad de las Américas.- Incursiona en la narración pero sobre todo la poesía; sus muestras creativas aparecen regularmente en revistas electrónicas de dentro y fuera del país. Inició: diciembre de 2021

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