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CUENTOS CONTIGUOS

CUENTOS CONTIGUOS

LA TURCA CHABELA


SOLÍA ABRIR LA CARPA a las diez y cerraba a las dieciocho. Pocas veces salía a la puerta. La hija Marlene, difundía a voz en cuello la bondad y eficacia de la quiromancia y cartomancia.


Dícese que un hombre arrogante, extendió la mano derecha para que la Turca la leyera, y al contemplar los ojos claros del hombre, dijo sin tartamudear:

-Tendrás que hacer alianza con tu enemigo si deseas alcanzar la presidencia.


El hombre salió de la carpa y caminó hasta su despacho. Sin pensar dos veces se conectó por video conferencia:

-Te ofrezco que encabeces las diputaciones en catorce distritos a elegir a cambio de que depongas tu candidatura presidencial.


Al otro lado, la imagen regordeta del opositor, brillante por la luz artificial, respondió:

-Más los contratos mineros con los chinos.

-Cabrón. Eso veremos – dijo el hombre, con aire despótico.

-¡No, carajo! Los contratos corren de nuestra cuenta – dijo, como silabando, el opositor.

-Espera. Dame tiempo – espetó el hombre. -Y salió en busca de la Turca.

La Turca echó las cartas sobre la franela roja. Miró los ojos inquietos del hombre, apretó los dientes y pronunció con aplomo:

-Tendrás que matar a los opositores de las izquierdas, antes que ellos te maten.


El hombre salió seseando. Dispuso que los sicarios atenten contra la vida de los de izquierdas, incluido los socialdemócratas por traidores. A poco, aparecieron decenas de cadáveres en fosas comunes.


Por enésima vez el hombre acudió a la carpa, en busca de la Turca, quien, al leer nuevamente la mano temblorosa del hombre, concluyó:

-Debes suicidarte cúanto antes. No entiendes que la riqueza no es tal sino está en función social.

El hombre la dejó para ver que todos los electores estaban muertos, también la Turca y su hija yacían muertas en la puerta.

Afuera llovía. Un estruendo levantó las tejas de las casas, y los perros salieron en estrepitosa carrera

EL MADURO DE PANURO

De pronto despertó con dolor del corazón, un lunes de carnaval.

Panuro intenta una sonrisa, sin éxito. Es su día catorce en el hospital Santa María de la Gracia, de Madrid.

Enfrente el ucraniano, recostado, lee una revista de la segunda guerra mundial.

Panuro frota sus ojos con los nudillos de las manos, organiza las imágenes del sueño, proyectadas en la pared, que le dibujan más de una línea profunda en cada uno de los extremos de la boca. «Si estuviera afuera las cosas serían reales», dice para sí, y enseguida navega por las escenas del sueño que lo despertaron sudoroso en más de una ocasión.Recuerda entonces la ruleta y la gente bulliciosa en las fiestas de setiembre.

La rueda colgada del parante e impulsada por la mano de Panuro, comienza a girar por enésima vez con el beneplácito del público, aglomerado en derredor de la mesa.

– ¡Haga juego, mi pana! – dice como con voz aflautada y acento montuvio; viste una guayabera blanca, gafas de sol, en el cuello una cadena de oro y en la muñeca izquierda un reloj Bulova.Mira la mano de los apostadores que depositan las monedas sobre los filas de números y los iconos.

La pluma de cuero con cabeza de serpiente, roza los cáncamos de la rueda veloz que desorbita los ojos la clientela y los curiosos.

Rotan en las miradas de los jugadores las ilustraciones de los equipos Barcelona y Emelec: Chuchuca en cuclillas, con la camiseta amarilla, Orlandelli: el pie derecho sobre el balón y el uniforme celeste; Daniel Santos fumando, las Dolly Sisters semidesnudas, Julio Jaramillo abrazado de Olimpo Cárdenas y en el centro del hule el bodegón de plátanos maduros con lunares grises.

La rueda disminuye la velocidad, y Maduro resopla.

– ¡No va maaa¡, no va maaa mi panita!

Los apostadores retiran las manos del la mesa, y esperan impacientes.

La dos Petromax derraman la luz sobre las monedas y el rostro de la muchedumbre. Es un espectáculo que a las seis de la tarde llama la atención de los transeuntes, en una de las esquinas del parque Central.

En la pilastra del portal los afiches descoloridos todavía dejan entrever la foto de José María Velasco Ibarra con el sombrero de paja, los lentes y la sonrisa de conejo.

– ¡Salta mijaaa!- grita Panuro, con la diestra en alto; la pluma obediente resbala pausadamente.

– ¡Otra máaas! – grita al unísono la muchedumbre. Pero la pluma tiembla por última vez en la casilla del banano con lunares.

– !Pasa otriiitaaa¡- replica en coro los presente, pero el pedazo de cuero no se mueve, ni la ruleta.

– ¡Gana maduraaazo, el anticanceriiigenooo sin apuestas !– responde Maduro, y acaricia la cadena.

Los de a pie quedan estupefactos. Murmuran.No aceptan la derrota.

Panuro recoge a manos llenas el dinero. Los tahúres maldicen su mala suerte. Abre el baúl, y echa las moneda dentro. Acomoda el cuello de la camisa, y luego sujeta el borde de la rueda, ensaya un breve ademán de atrás hacia delante hasta rotarla sobre el eje; la pluma al contacto con los clavos brillantes, muele un sonido como de castañuelas. Comienza la nueva tanda.

Panuro desparrama la vista por la sala. Mira al ucraniano que ha dejado la cánula nasal en las sábanas, y saluda:

– Veo que es un buen día para ti.

– Si. Es mi última semana aquí.

– Menos mal.

El hombre de la cánula camina de medio lado, y, enfrente de la cama, comparte:

– Volveré a Mariúpul porque presiento que habrá guerra contra los europeos de la unión.

– ¿Cómo sabes? – dice Panuro a tiempo que mueve las piernas en arco.

– Los misiles, el expansionismo estadounidens que intenta apoderarse de Europa, los nazis y la cadena de laboratorios biotecnológicos prohibidos.

El diálogo se interrumpe por la presencia intempestiva de la enfermera. Luego de la toma de los signos vitales que registra en un papel de cuadrículas, mide con los ojos a Panuro.

– Todo está en orden – dice pausadamente la enfermera.

Panuro cierra los ojos, y no responde. Dos horas después el corazón no latió. Fue un fulminante paro cardio respiratorio. El semblante es de un adolescente, diríase que sonríe, como si nada pasara pero esta vez como si pasara siempre.

COMUNIÓN CON MARILYN

“Hay una historia detrás de cada persona. Hay una razón por la que son lo que son. No es tan solo porque ellos lo quieren. Algo en el pasado los ha hecho así, y algunas veces es imposible cambiarlos”.Sigmund Freud

Ayer mima fue al sastre por mi traje blanco, inmaculado. Mañana iré a la iglesia católica a entregar mi alma a un hombre que murió crucificado y luego resucitó, en un pueblo remoto que ni la catequista supo explicar.

El traje de tres piezas cuelga de un gancho, en la cabecera de mi cama.

– No toques el traje – dijo mima.

Aquella noche casi no dormí porque era la primera vez en un año que no besé la foto de Marilyn Monroe, hoy cubierta por la ropa de la primera comunión.

Miré el lienzo en la pared de enfrente. Es un paisaje bucólico que hizo papá a poco de morir en la guerra de Vietnam. Imaginé su cautiverio en manos de los guerrilleros de las fuerzas armadas de liberación popular. Recordé entonces la narración que hizo mima sobre Casius Clay.

– El negro es un rebelde; rehusó la guerra, y salió con la suya de pagar una multa astronómica a pelear en Vietnam- dijo con aplomo.

La escuché con reverencia e hice lo que soñé hace mucho: separé la foto de Clay de la revista Life, y la fijé en la pared de mi dormitorio.

Pasé atormentado sólo de pensar en el pecado venial porque iba a quebrantar la ley de Dios al juramentar en vano que lo amaba, con los ojos en el cáliz de oro y el señor crucificado.

Después del baño de rigor, mima me puso el pantalón, la camisa, el chaleco y la chaqueta, en ese orden; los calcetines y los zapatos de cuero, corrió de mi cuenta, que me causaban dolor en el talón.

Caminamos de prisa por la calle adoquinada; cruzamos una placita de venta de flores, y subimos al atrio de la iglesia. Una docena de muchachos de mi edad, como rociados de nieve, estaban con sus padres en espera de la ceremonia.

Mima colocó la vela en mi izquierda y el pequeño breviario con tapas de perlas en la diestra. Enseguida me uní al grupo. Yo imaginaba a Marylin con vestido de novia, que me esperaba en el altar mayor. Recordé entonces mi actuación de caballero de honor, encargado de la exhibición de los anillos de compromiso, en el matrimonio eclasiástico de tía Anselma con el teniente de policía Rigoberto Puruncajas que murió dentro del cuartel en una reyerta por narcotráfico.

La columna de chicos de blanco, avanzó parsimoniosamente sobre el corredor principal de la nave de ladrillo y madera repujada en oro. A poco comenzó la eucaristía.

El sacerdote era un regordete con el rostro rosado y pelón, vestía el traje de rigor. Nos midió con la mirada, y yo sentí su hipocresía. Ayudado por el sacristán, repartió las hostias en las bocas de los primerizos. Fui el tercero en recibir la pisca de harina que me pareció un paracetamol amargo y seco.

Los cánticos no cesaban. Un coro de mujeres entonaban una canción repetitiva: » Señor, no soy digno que entres en mi pobre morada…»

Mima me recibió contenta; abandonó los guantes de cuero para acariciar mi cabello con gomina. Me besó en la mejilla y susurró:

– Eres católico, apostólico y romano.

Yo no entendí semejantes atributos pero sonreí sin más. Confieso que tardé en burlar las cadenas de la clerecía. Soy ateo pero tengo miedo a Dios.

Mima me tomó de la mano, y bajamos despacio por las escaleras de piedra.

Volteé para ver por última vez la puerta de la iglesia, y miré a Marilyn con la falda acampanada al viento; levantaba su mano para ofrecerme un beso, un beso aéreo, redondo como un muñón de algodón azucarado.

EL PREMIO

El séquito de escritores, llegó a palacio. Eran seis pero semejaban quince. Subieron los escalones de piedra, forrados por una mullida alfombra roja. En la sala de espera depositaron sus pesadas nalgas.

No había prisa. El dictador los esperaba a mediodía pero en realidad era incierta la cita porque las condiciones sociales del país no ameritaban reuniones culturales.

Las protestas sociales de los trabajadores del campo y de los barrios marginales, subieron de tono en menos de cuarenta y ocho horas. Algunas distribuidoras de combustible y las carreteras de acceso a la ciudad, estaban en manos de las células campesinas. La policía y las brigadas del ejército no daban abasto.

El embajador yanqui presionó al dictador para que firme el decreto de estado de emergencia, sin éxito.

El dictador caviló. Llamó al asesor número once para hablar del asunto, y tras un ademán de cejas y manos, dijo:

– Corro el riesgo de que el decreto de excepción en lugar de atemorizar a los terroristas, consolide la huelga y atente en contra del estado democrático.

La respuesta del asesor fue inmediata:

– Señor presidente el Nuncio de la conferencia episcopal, controla a los dirigentes de la huelga, y además hemos infiltrado algunos elementos en las marchas para que provoquen incendios en la propiedad privada.- Y agregó:

– Salvó su ilustrado criterio, el estado de excepción sí es una medida oportuna para disminuir la violencia.

El dictador frunció el seño y juntó los pies calzados con cuero de charol. Sintió entonces la esclerosis múltiple. Sin mirar al asesor, lanzó un carajo, y en alta voz:

– El gringo quiere estado de emergencia ¡ya!.Estoy entre la espada y la pared.- Levantó la cabeza y dispuso con aplomo:

– Que pasen los cultureros.

En el acto aparecieron los seis que parecen quince.

Ocuparon las butacas del salón amarillo, y usaron entre ellos el lenguaje de las señas.

El de traje gris guiñó el ojo para decir que era justo y necesario reconocer el talento del dictador que, años atrás, demostró su sapiencia en eso del débito y el haber, cosa nada despreciable porque acumuló riqueza mediante la compra y venta de los papeles fiduciarios de manos de los perjudicados por salvataje bancario, como consecuencia del cierre forzoso de los bancos.

El de corbata roja miró el reloj muñequera y sentenció para si: ¡El tiempo cuenta!

El de gabán azul apretó los labios, y parafraseó el pensamiento de un griego antiguo: «El dictador es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son, y de las que no son en cuanto no son».

Los otros serviles, gemían en secreto.

El dictador levantó la cabeza y con una breve inclinación de su mano, ordenó que se sentaran.

Afuera las balas perdidas de los milicos, arreciaron; actuaban por orden superior pero al margen de la ley. El estado de excepción aún estaba en las uñas del dictador.

El hombre los escrutó; escuchó a los seis que hablaron por quince.Cada quien hizo una versión acabada de la cultura y los premios.

El de traje azúl, dijo que en la hora de los conflictos sociales, provocados por los enemigos de la democracia, es oportuno distraer la atención con premios a los más destacados. La perorata incluyó la teoría de la cultura como una secreción del capitalismo. Sobre los premios, dijo, que sólo se adjudicarán a los que no ofrecen peligro para la democracia representativa y los inquilinos de la Casa Blanca. El dictador lo interrumpió:

– No hay cama para tanta gente.

– Pero su excelencia sólo son nueve los elegidos.

– Hay que ver – contestó, con la mano en la oreja derecha.

El de lentes y leontina, con voz apagada, mentó a tres científicos y otros literatos que administraron la Casa de la cultura, y casi tartamudeando, alcanzó a argumentar:

– Su excelencia, haría bien si reconoce la ardua labor anticomunista del mayor importador de libros editados por las fundaciones democráticas de Washington, a los científicos botánicos que han desarrollado la industria herbácea, patentada en los estados unidos de norteamérica y a la cantante de música inofensiva, quien, además, postula por tercera vez.

El dictador, con la destreza de un sátrapa, accedió a premiar a los intelectuales cuyos nombres serían sugeridos por los seis que representan a quince.

Afuera el fuego cruzado era una fiesta de la muerte. El dictador firmó el decreto de emergencia y en cadena de televisión dijo que los revoltosos son una minoría financiada por el narcotráfico y que el decreto estaba direccionado a salvaguardar la vida de las grandes mayorías. Fustigó a los tira piedras y alabo a las fuerzas armadas, enalteció a la policía nacional y agradeció al nuncio apostólico por mediar en busca de la paz. Enseguida leyó los nombres y los méritos de los hombres y mujeres cultos que serán galardonados en acto especial, incluído un bono pecuniario por el resto de sus vidas.

El discurso del dictador dividió aún mas. Casi todos los seleccionados, publicaron una carta de agradecimiento, en la que dejaron constancia de la sapiencia y buena fe del presidente constitucional de la república.

La multitud avanzó por las cuatro calles colindantes al palacio, donde el dictador acordaba con el alto mando militar, en defensa de la nación. El general Alzamora, informó:

– Su excelencia, todo está bajo control. De nuestra parte hay dos bajas, y de los terroristas hasta el momento son siete. Hemos detenido a ciento cuarenta y uno, entre ellos a un elemento que dice ser escritor, pero las pesquisas concluyen de que se trata de un periodista peligroso porque ha rechazado el concurso que su excelencia decretó.

– ¿Qué quieren los terrucos? – dijo el dictador al militar.

– Su dimisión – respondió el uniformado.

Un hálito nauseabundo, brotó de la boca del dictador, se esparció por el salón amarillo, empañó los ventanales y la lámpara araña que cuelga del tumbado, movió sus extremidades.

El dictador se puso en pie, y sintió retorcijones en las piernas. Apoyó las manos en la mesa y sentenció:

– Que se encargue la fiscalía y la dirección de emigración de deportar a ese terrorista que se atrevió a cuestionar el concurso.

Las detonaciones de armas de fuego se escuchaban cada vez más cerca de la plaza, y la multitud intermitente, dispersa, ganaba las casas que rodeaban al palacio. De repente aparecieron los tanques con sus orugas y los cañones; la protesta social disminuyó pero al caer la tarde, reanudaron las acciones.

Tres días después un grupo de militares se revelaron. Los diputados en pleno votaron por la defensa del estado constituido, y condenaron la indisciplina de los soldados rebeldes que se unieron a la protesta callejera. El comando de las fuerzas armadas, deslindó responsabilidad y retiró el apoyo al dictador, que, abandonado por la embajada norteamericana, fugó del país con la colaboración del Nuncio apostólico.

– ¡La patria no es una bandera, ni un tanque. La patria es un niño que nos mira ! – habló el milico con la metralleta en la mano, encaramado en una de las terrazas del palacio. El de al lado: Ni tanto mi coronel porque la patria es una bayeta donde se han orinado más de un patriarca. Sí, respondió, pero hay que guardar la apariencia.

El coro de los soldados no espero:

– ¡Vivaaa la patria!

La muchedumbres en la plaza, gritaba al unísono:

– !Patria libre. O morir¡

A poco los grupos de poder económico, enarbolaron la independencia, y, sin dilación, asumieron el gobierno transitorio, en nombre de la reconciliación y la paz.

El socialdemócrata inquirió al liberal:

– Debemos establecer responsabilidades sobre los crímenes. ¿Te parece?

– Sí – dijo el liberal, y agregó: Pero con la constituyente primero.

El socialista alegó:

– Demanda mucho tiempo.

El socialcristiano interrumpió:

– De eso se trata: diluir, extender la tramitología.

La polémica se cerró con la intervención del comunista:

– Este es un gobierno de salvación nacional, con las reglas de juego claras, caso contrario la embajada yanqui nos aplicará el golpe judicial, para eso tienen sus jueces servirles.

Los crímenes quedaron en la impunidad y los privados de la libertad por causa de la protesta, prosiguieron en las mazmorras.

Los elegidos por el dictador estaban a buen recaudo, y el que rechazó el concurso yacía en un rincón de una celda, con los dedos de las manos quemados por el fósforo blanco.

– ¿Y ahora qué? – preguntó el Gato al torturado.

– Lo de siempre: ponemos los muertos, y otros son los beneficiarios – dijo, maltrecho.

– ¡Es una mierda! No hay conductor; la democracia restringida al carajo – sentenció el Gato, con la camisa ensangrentada.- Y agregó:

– Pero algún día el pueblo será presidente.

EL EXAMEN

– ¿Al Sapo le copiamos? – dijo el Morlaco.

– No, es mejor estudiar – respondió Ríos, mostrando los dientes de conejo.

El Sapo entró al aula: Gordo y con un lunar repugnante en el mentón. Puso el portafolios en el escritorio y nos midió a los cuarenta, sentados en bancas.

– Guarden todo y saquen sólo un esfero, ordenó, sin mover el lunar.

Enseguida el Sapo distribuyó la hoja impresa: Trinomio cuadrado perfecto y factores.

– Son diferentes problemas, ves – advirtió Nelson Reyes, tapándose la boca con la zurda- Y agregó, con el esfero entre los labios: Te dije. – A lo que Leo respondió con voz ronca:

– El Sapo no es pendejo.

El silencio se apoderó de nosotros. Afuera llovía. En menos de quince minutos casi todos estábamos extenuados.

El Morlaco pidió a Ríos las respuestas de los problemas, sin éxito; insistió con un toque en el cuello hasta que el Sapo lo interrumpió:

– ¡Cállate! Tienes menos cinco. Y la próxima te expulso.

Feneció el lapso previsto. El Sapo ordenó que depositaramos los exámenes sobre el escritorio; luego los recogió e introdujo en el portafolios.

– ¿Qué tal te fue? – dijo Leo a Ríos.

-Más o menos – repondió, mientras sacó del bolsillo un pedazo de melcocha y la compartió.

Reyes a Mac: ¿Y a ti?- De a perro – respondió, pasándose el pañuelo en la frente.

Después de las pruebas de castellano y educación física, salimos. La lluvia había cesado. Pero la ciudad estaba convulsionada por la presencia de militares en derredor del colegio y el parque central. El Morlaco nos invitó a formar parte de las protestas de estudiantes universitarios que, desde hace tres días, gritaban consignas contra el triunvirato, presidido por el general Gándara. Nelson Reyes y yo dijimos sí, y subimos por la Bolívar hasta el parque Santo Domingo donde el Perico Peña y el Pecoso formaban la jorga del Petaco Cabrera.

Atacamos con piedras que nos proporcionó el Morlaco. Los militares retrocedieron, y pronto se apostaron en la Azuay. Habíamos liberado el parque. Avanzamos. Sofocados por el gas tóxico no cesamos de encender fogatas. Las ráfagas de fusil continuaban. De pronto el Pecoso dijo que era urgente proteger el predio universitario y el colegio. De pie en las esquina de Rocafuerte con Valdivieso, acusamos de gorilas a la dictadura militar. Cantamos la primera estrofa del himno nacional pero el Petaco , dijo: Carajo, vamos con La Internacional! .- Pero pocos conocíamos esa canción. Los militares reventaban disparos al aire. Nosotros respondimos con pedazos de adoquines. Llovía nuevamente. De repente el grito desesperado del Morlaco nos sacó de quicio: ¡Cayó alguien! Lo mataron. Y nosotros al unísono:- ¡A- se- sinos! El Perico apareció con un cuerpo sin vida. Era Nelson Reyes, con la cabeza destrozada.

Quince días más tarde el Sapo entregó por orden de lista los exámenes, excepto la hoja del Morlaco, que reclamó enfadado. El profesor, moviendo el lunar, dijo que se ha extraviado la hoja y que en fecha próxima lo examinará. Casi todos alcanzamos calificaciones entre 10 y 15. Ríos y Leo obtuvieron 17. Al salir del aula, Ríos preguntó al Morlaco:

– ¿Qué paso?

– ¿Qué va a pasar?

– ¿Tu examen?

– Aquí está. ¿Quieres ver?.- Y mostró la hoja arrugada

El Morlaco no había entregado el examen porque a su juicio tenía respuestas erradas. Los que vimos la escena, festejamos con carcajadas. Las muchachas del colegio religioso, enfrente del patio posterior, expuestas en las ventanas con los brazos en alto, mandaban mensajes de amor, que nos movían a saltar de emoción. La lluvia empezó a caer con aroma de navidad.

SÁTIRO

Vicente tenía fama de fanfarrón. Milton dijo que Vicente hacía sexo con la mujer del panadero, en su pieza de solo, contigua a la suya y en el primer piso de la casa de inquilinos, 10 de Agosto y avenida Kennedy. Sin más fui por Vicente y le crucé el chisme. Me miró y dijo que sí. Entonces propuse regalarle las Obra escogida del Che a cambio de que me dejara mirar su acto sexual.

Acordamos la conexión con Milton, hora y lugar, y perfeccionamos el pacto. A las quince estuve en la pieza de el, que me instruyó sobre la manera de usar el agujero cubierto por un calendario de pared, cuya ilustración era un televisor Sony en forma ovalada. Al despedirse puso en mis manos el candado y las llaves. Recostado en el catre, observé las paredes de madera forrada con papel impreso: la foto de Fidel que venía de Chile, mostraba a Velasco Ibarra y al alcalde de Guayaquil. La guerra de Vietnam con los aviones de combate, bombardeando la selva. Más allá los retratos de personas privadas de la libertad, atrapadas por la policía, y el accidente de tránsito en el puente sobre la ría. Pensé entonces en El Fuego de Henri Barbusse, y me asaltó un complejo de culpa. Estuve a poco de desistir del pacto. De pronto crujió la puerta vecina. Sentí los pasos de la pareja. Aparté el calendario. El agujero me permitía un blanco perfecto: la cama de dos plazas, cubierta con una colcha marrón, la almohada blanca y una mesita con lámpara cuyo sombrero publicitaba Coca-Cola y Barcelona. Cubrí el agujero. Y sin mueca, respiré . Pasó un instante. En la pieza de al lado había silencio. A la altura de mi cabeza, leí un fragmento de reportaje de Vistazo sobre el asalto a un banco en días de navidad por un grupo de italianos; la propaganda de Salem con filtro disfrutado por una mujer que sensualmente echaba humo. El besuqueo me devolvió al agujero. Ellos mostraban su desnudez completa: de pie, entrelazados, parecían siameses. Mi oído captaba el chasquido de los besos. La lengua de él saboreaba los pies de élla; la quijada subía a tientas por el tobillo hasta tocar la rodilla. Los labios hurgaban en el clítoris. Subían las manos por el ombligo y los labios actuaban sobre los pezones. Ambos jadeaban. Se desbordaba el río de la pasión, dejando en la piel un rumor de palomas en desbandada. Me alejé del agujero. Y sólo de leer el titular a dos columnas del clérigo acusado de abuso sexual, pensé en lo anticuado del derecho canónigo de la iglesia católica que hace del celibato la piedra angular del sacerdocio. De repente el murmullo de los amantes me despertó. Vi que estaban sobre la baldosa, unidos en cóncavo y convexo, gozando de esa pizca de sal del adulterio que aporta alicientes al placer. Está buenazo, dije para mí, y me pareció que sentí el la fatiga de ellos en mi sangre.

Después del orgasmo la pareja consumió silencio: bocarriba miraban el cielorraso. Supuse que pensaban al unísono en la vida. Imaginé el diálogo:

– No soy yo. Soy la otra, esa adolescente que no alcancé a matarla.

Él respondió con parpadeos. Sequé mi sudor. El ronroneo de una moto me llevó a la ventana: la llovizna apuraba los pasos de hombres y mujeres; los campanarios lucían tercos y la hipocresía no daba tregua. Me veo en Quito, bebiendo el coñac de Andrea Samanta que ella paga, mientras escucho a los guitarristas de la calle Oriente que entonan para que Kris cante, la Potranca baile, y yo con mi quinto cigarrillo. Me veo en Zaruma, por un laberinto irreverente y enjutas casas, persiguiendo a una sueca de cuerpo kafkano. Deambulo por las calles del suburbio de Guayaquil, veo a una pareja que hace el amor, amparados por la penumbra, en la proa del Morgan, escuchando el golpeteo de la ría contra el abdomen del barco. Me miro en el malecón de La Habana, abrazado de Esther: la morena que me venció en Neptuno y Galiano, tomando Hatuey y delirando un poema de Eliseo Alberto. Presiento que acudo el barrio Latino de Paris para observar desde la claraboya el lujurioso encuentro entre un viejo setentón y la rubia adolescente que ofrece sus pezones en la boca flácida del hombre, desnudo y tiritando por efecto del aire acondicionado.

Volví al agujero y contemplé los cuerpos casi dormidos sobre el piso frío. Ella movió su diestra hasta tocar los testículos. El respondió con su lengua, en el cuello, relamiendo la yugular. Presionada por el cuerpo horizontal de Vicente, con las piernas abiertas, trepidaba. El cabello ondulado se balanceaba y sus pestañas se cerraban con fuerza. Resoplaban. Ambos descargaron impetuosamente la vida.

El agujero me permitía atisbar el afiche adherido a la pared: un Manuel Scorza de medio cuerpo, sonreído, con las manos sobre el teclado de una Remington destartalada. A un costado y sobre fondo negro: «Porque puede una mujer/ rehusar el rocío encendido del más grande amor,/ pero no puede salir del jardín/ donde el amor la encerró.» Más allá, en la mesa había libros de códigos, gacetas de jurisprudencia y un volumen casi deshecho de Así se templó el acero. Recordé entonces a Vicente portando libros de leyes bajo el brazo. Era lampiño y ñato. El hombre que miré por el agujero tenía barba de quince días y la nariz puntiaguda. La mujer del panadero es regordeta; la que me entusiasmó más de una vez era delgaducha.

Tapé el agujero con el calendario y me dispuse a salir. Escuché:

– Te espero el miércoles – dijo el.

– Sí – respondió.

Cerré despacio la puerta. Presioné el candado y eché las llaves en mi bolsillo. Gané la calle y sin respetar los semáforos, subí por la Bolívar hasta la Rocafuerte.

Al siguiente día el grito de Vicente me sacó de quicio:

– ¿Te gustó?

Respondí con la mano levantada: Siii ¿Y a ti?- pregunté por las Obras escogidas. Y el con una carcajada:

¡Claro que Che!

EL CICLISTA

Al ciclista le faltaba la pierna derecha, y venía de Ibagué.


Un muchacho lo asistía con la botella de agua.


Pedaleó durante veinticuatro horas en las baldosas del parque Central hasta completar ocho días consecutivos, en común acuerdo con el alcalde.


La indumentaria de loro llamó la atención, y su bicicleta de competencia era de aros delgados, como bodoqueras; los neumáticos grises, parecían tallarines.


El hombre se movía apenas inclinado hacia el manubrio, con las manos pegadas al tubo forrado con caucho y adornado con cintas de color, alusivos a la bandera de Colombia.


El locutor de la radio contó la hazaña del ciclista, como si narrara la vista de un partido de fútbol. Cansado, desconectaba el micrófono, solía marcharse como ahuyentado por la llovizna.


Al completar el séptimo día de la jornada el ciclista cayó de bruces. El asistente lo ayudó a levantarse, y, sin pérdida de tiempo, lo puso otra vez en la ruta. La noticia circuló por la ciudad, y pronto acudieron los empleados públicos, las amas de casa y los estudiantes para vitorearlo. La bolsa no dio abasto a las monedas.


La noche del viernes el obispo ofreció la eucaristía en honor al ciclista; el sermón se relacionó con las bienaventuranzas. El discurso del sábado por parte del alcalde, hizo hincapié en la importancia del espíritu y la voluntad del hombre y no necesariamente el dinero, en sus diferentes funciones; citó más de una vez a Schopenhauer, y, al compás de sus manos repletas de anillos, dijo con aplomo;

– Mente sana en cuerpo sano.


El domingo a medio día comenzó el acto final. El gobernador, en común acuerdo con el Jefe de la Zona, militarizó la ciudad. Previamente detuvieron a veinte estudiantes universitarios bajo el cargo de distribuir hojas impresas de apoyo a las fuerzas armadas revolucionarias de Colombia. Resultó infructuosa la intervención de la reina y los prelados que intentaron mediar por la libertad de los presos.


El ciclista mostraba signos vitales fuera de lo normal: agotado, con los párpados violáceos y los labios sin vida, se apeó, en medio de la multitud que lo aclamaba.


Las autoridades, en orden de importancia, abrazaron al ciclista que apenas sí respondía con los dedos. Al desplomarse en manos del Jefe de la Zona, el ciclista cerró los ojos e hizo puños. Un doctor acudió en auxilio , y al despojarlo de la camiseta el torso mostró un tatuaje de araña a dos colores donde sobresalía la insignia de las FARC.


Las campanas de la catedral convocaron a la última misa de domingo, y la lluvia pedaleó en los tejados con musgos.

LA LLUVIA QUE NO FUE

Llovía. Afuera había pachanga. El hospital lucía tenebroso, como en los cuentos de Poe.

Por cuarta vez bajamos tu mamá y yo a la cama con sábanas limpias; la enfermera afroecuatoriana cuya sonrisa transformaba de gris a rosa el espectáculo de la sala cinco, esperaba de pie.

De pronto llegó el doctor, rechoncho y agitado. Signos vitales: normales; voluntad de parto, regular. Llovía, y las ventanas preguntaban ¿es hora?

Luego de cuarenta minutos, naciste. La lluvia, vista de la ventana, caía abuelamente. Te tomé en brazos, pensé en el nombre. Dije:

– ¡Lluvia!

Una hora después tu mamá y yo desistimos del nombre. Cesó la lluvia.

A los dos días dejamos el hospital. La ciudad no era la misma. Había crecido, y los ríos entrelazados parecían viudos desconsolados, debajo de un puente jorobado.

Ayer te dije ¡lluvia!. Y vi tu sonrisa envejecida, con hoyuelos que revelan una lírica ensombrecida por el tiempo.

RETRATO CON MESERA

– Si es posible intercambiar libros y otras cosas relacionadas pero no las novias – comentó tío Alberto con 82 por delante.

Yo estuve más enamorado que un perro. Salía del colegio a las 12, y me postraba enfrente del café Alaska para ver a Diana, que hacia de mesera. La veía con esa pasión desbordada, digo alborotada que sólo en la adolescencia se presenta como un río que renuncia su cause. La miraba de pies a cabeza, más la cabeza porque mostraba unos ojazos clarísimos y sin pizca de ojeras, la nariz aguileña, nada semejante a un águila pero sí a la muñeca española que era propiedad privada de mi hermana; la frente radiosa, destellante, que me hacía suspirar y aspirar cuando cantaba esos versos reiterativos del himno: «…y tu frente y tu frente radiooosa,/más que el sol contemplamos lucir»; la boca, los labios de imán porque me atraían cuál conejo tras la zanahoria. Del cuello hacia abajo, y de las pantorrillas hacia arriba, guardo cautela, empero sería infiel con mi memoria no registrar que toda ella superaba con creces a las modelos de la revista Ecran, ese impreso mercantilista que se adelantó a la pornografía nociva.No la quería para que sea mi media naranja sino como fruta prohibida.

En la tarde y casi siempre con la llovizna la esperaba arrimado en las pilastras de ladrillo, como un cachorro que lanza ladridos amorosos. Tarareaba un rock a lo Tommy James.

Seguía sus pasos por el portal y luego por una calle estrecha con baches. En un comienzo ella me ignoraba pero después sentí que formaba parte de la lista de admiradores. Me bastaba una sonrisa de Diana para topar el cielo con las manos y los charcos con mis tenis, y por supuesto conocer la lija de los celos en mi piel, sólo de pensar que había un hombre, un marido, esperándola en la cama.

– ¿Y es bonita? – trinó Carlos, mi compañero de banca.

– ¿Bonita? Es mejor que los versos de Bécquer: «hoy la he visto, la he visto y me ha mirado,/hoy creo en Dios.» ¿Bella? Más bella que la segunda mujer de Neruda, en Los versos del capitán.

– ¿Puedo verla?- insistió Carlos.

– Nooo -respondí con algo de enfado.

– Te presto Niñez en Catamarca, yaaa, a cambio de contemplarla por 5 minutos.

– Te digo que nooo – repliqué, en defensa propia.

Un sábado por la noche

– No domingo porque es día es de aburrimiento -, nuevamente fui tras ella, sólo que está vez me armé de coraje y la escolté.

Ella me miró, y recién supe que tenía 20 años más que yo. Pero era hermosa como una estatua griega que no desea que mire su escote. Sonrió para decir qué de dónde salí, qué no hacía, qué comía. Y yo:

– No hago más que amarte – dije, mientras temblaba sobre mis pies de barro.

– Ah, ¿me amas? – interrogó con una genuflexión maternal.

– ¡Siii, te amo! – respondí casi con actitud de autor, cómplice y encubridor.

Diana sacó de su bolso gris una funda con chocolates, y los puso en mi mano. Me vio con ternura, y yo sentí calentura.

– ¡Vamos, bebé, puedo ser tu mamita – habló pausadamente, y sus manos se posaron en mis cachetes para continuar: «Yo también te amo, bebé».

Fue un chasquido en mi mejilla. Un beso tibio que me sacudió el alma. Saqué el pañuelo blanco y lo presioné contra el área de mi cara donde los labios de ella dejaron esa huella que aún conservo.

La abandoné, me abandonó. Sentí que la ingenuidad chorreaba por mis poros, menos mal que fue el preludio de cuando me recibí de ingeniero. Corrí por la avenida de Los libertadores, con los chocolates en el bolsillo y la desepción en el corazón.

Ha transcurrido una docena de años, y el agua bajo el puente es turbia, llena de dictadores civiles y militares. No supe más de la mesera, la Isabel Sarli de mi época, ni de la ciudad esmaltada de lluvia. El pañuelo con la huella del beso lo perdí en la corriente del río.

De Carlos sé poco, excepto de su solidaridad libresca. La última vez que lo vi en Madrid, me prestó la novela La guaracha del macho Camacho, que leí de un tirón, y recordé las escenas eróticas de los políticos rufianes que hacen de la mujer una mercancía. No como la mesera de mi juventud que aún late en esta vejentud a la deriva.

1960

– ¡Ya viene la rural ! – gritó el patojo; pero los contendientes hicieron caso omiso de la alarma: machete en mano, enfrentados como gallos de pelea, blandían el acero resplandeciente. Eran espadachines a luz del medio día, en la puerta de la taberna.

¡Suiiit!

¡Suiiit!

¡Suiiit!

El hombre de camisa blanca, contorneaba. El machete parecía rayo. El de camisa celeste respondía con agilidad: esperaba al enemigo con el acero hacia arriba, abajo y a los costados.

– ¡Alto! – dijo el rural a su compaňero que respondió:

– Mi cabo, no vale interrumpirlos. Es peligroso.

Los rurales, apostados enfrente de la cantina, junto a los curiosos, miraban la pelea sin despojarse de los sombreros alados.

De repente el de camisa blanca, recibió en la oreja izquierda el machetazo. No se amilanó. La sangre goteaba en su cuello.Pero enseguida se repuso, y atacó. El machete golpeó en la cabeza del hombre de celeste.No se levantó.

La fractura del esfenoide era mortal.

– ¡Se acaboo! – dijeron al unísino los espectadores.

Los rurales acorralaron al vencedor. Lo amenazaron con armas de fuego. A poco se rindió sin despojarse del machete untado de sangre. Esposado, aún resollando, caminó escoltado por el piquete.

El cabo miró a los de a pie:

– ¡Retírense! No hay nada que ver.

Una mujer de vestido gastado, con la camiseta alusiva al candidato del partido conservador, murmuró:

– Con plata, salen no más.

Sobre el Autor

césar cando mendoza

Estudios superiores en pedagogía y filosofía por las universidades públicas de Loja y la Central de Quito, Ecuador; arte digital en la Universidad de las Américas.- Incursiona en la narración pero sobre todo la poesía; sus muestras creativas aparecen regularmente en revistas electrónicas de dentro y fuera del país. Inició: diciembre de 2021

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