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La sandía y otros cuentos

La sandía y otros cuentos

EL SANTERO

Sultán ladró y gimió al olfatear al hombre desconocido, trajeado de negro que traspasaba la puerta de tablón, acicalado con barniz. Era el sacerdote que llegó a la hora pactada.

Llamó a la propietaria de la casa, y procedió a preguntar discretamente: cúantos pisos y piezas y la ubicación de las escaleras, mientras se ponía la casulla.

Los familiares esperamos de pie en el patio.

Al iniciarse el acto de bendición lo seguimos en procesión. Recordé entonces la tragedia del niño que jugaba en el primer piso sin pasamano. Estaba muy animado con sus primos que se divertían con un balón de plástico. De repente cayó de bruces contra el empedrado. Sólo se escuchó el grito seco de él. Su padre acudió a recogerlo. Y agónico, alcanzó a balbucear: Perdóname papi.


El sacerdote abrió los brazos casi en cruz para echar el agua sobre las paredes y puertas. Subió lentamente los escalones. Y nosotros, sumidos en silencio, caminamos junto a el. En el tercer piso pensé en mi hermana muerta. Imaginé su figura cansada sobre una silla de madera, cuidando las baratijas exhibidas sobre un tablero, en una calle polvorienta de Macará; vi al santero de pie con las cruces de metal y los rosarios de lágrimas de San Pedro y las estampitas; la gente aglomerada, preguntando por el precio de las bambalinas en una suerte de caramanchel improvisado, y los sombreros y las camisas blancas, las cabezas sudorosas y los hombros fortachones de los campesinos.


El sacerdote de vuelta. Las flores, mezcladas con agua, estaban marchitadas. Y llegamos al punto de partida: el patio lavado por la lluvia, el frío gateando en las paredes y las tejas. Guardó la casulla en su bolso de lona antes de despedirse. Rememoré entonces a su abuelo: el hombre enjuto que solía caminar cargando la caja de madera, repleta de reliquias metálicas. A mí me gustaba San Antonio: jovencito con su rostro rosado y los ojos clarísimos; la estampa de Jesús del gran poder, cargando la cruz.

-Muchas gracias padre, Dios lo bendiga – decíamos en coro, mirando la cara mestiza del sacerdote que apuraba media sonrisa.


La casa parece diferente a juzgar por el clima familiar que nos conmueve. Eché el último vistazo al muro occidental que colinda con la casa de Justicia, vetusta como los códigos que, en manos de letrados, causaron daño sin fin a inocentes acusados.


Afuera la mañana aún moza, peina con garúa su cabellera de neblina, y Sultán hace la tercera descarga matinal en la puerta de calle.

***

MINGA CON POETA

El poeta perdió el equilibrio y descendió diez metros. Cayó pesadamente en los escombros; en los ojos de sus compañeros de minga, hubo asombro.
Los signos vitales arrojaban señales de vida. Improvisaron una camilla con maderos de la vieja iglesia, y condujeron al lesionado hasta el hospital.

-¿Quién es? – dijo el de bata blanca.

Es el poeta – respondió un hombre de sombrero gris.


La minga empezó a las siete de la mañana, convocada por el párroco. Concurrieron vecinos del lugar con las herramientas y el fiambre.


El poeta subió por la pared derruida, apoyado en la pala. Desde su ángulo, miró la ciudad. Le pareció chata y desolada. Hundió la herramienta en la la pared húmeda, y sintió dolor en sus vértebras. Antes de caer, estaba distraído en un cuento del italiano Cesare Pavese.


En el hospital desnudaron al poeta, y entre sus documentos personales encontraron una cuartilla manuscrita. La enfermera recogió el anillo, la billetera y el reloj muñequera. El escrito, que consideró irrelevante, dejó sobre la mesa de curaciones.


Después de ocho días el poeta recibió el alta. Salió con el brazo izquierdo enyesado y la pierna derecha con una lesión a la altura de la rodilla. La enfermera lo despidió amablemente no sin antes entregar las prendas.

-Gracias – dijo el poeta, mirando las manos de la enfermera.

-Recuerde las instrucciones del doctor – insistió, con una sonrisa.


El poeta se embarcó en un taxi y desapareció en la boca calle colindante con el río.


En el cuarto de solo, echó de menos la carta. Hizo remembranza de ella, y sin esfuerzo comenzó a reconstruirla en su diario: «Ayer soñé que tú eras golondrina donde mi pluma se alimentaba del bicolor; soñé que tus párpados guiñan metáforas; tus labios de manzana, exhiben por la tarde un rojo inglés; soñé que tu vientre leal, con su lenguaje de ardilla, me invita a jugar contigo debajo de la sábana; pensé que tus piernas se enredan en mis pantorrillas y los brazos de blanco mate me abrazan cual mandrágora, conectado al calor de tu vientre; soñé que tus pezones, resbalan en mi boca; despierto, veo que tu cabellera me absorbe cual pantano, y tu rostro multiplicado en el espejo, como avisándome que debo preparar mi equipaje e ir camino de la minga. Salté y casi toqué con mis labios la cara vacía del espejo, pregunté por mi vida y tú respondiste con voz apagada que el plazo de vivir, feneció a juzgar por la bandada de pájaros que fugaces pasaron por el techo.»


El poeta se encogió. Apenas sí pudo mover los brazos, en un ademán casi imperceptible. El paro cardiorrespiratorio lo fulminó en el acto.

LA SANDÍA

Rodó la sandía en el graderío del mercado; al chocar se dividió. Una baba sanguinolenta manchó el piso. Rosendo recogió los pedazos, y atribuyó este suceso dominical al prejuicio que lo encadenaba desde muchacho.


—Soy salado —dijo.


Regresó al depósito de sandías, y vio que su hijo Fidel no estaba. Gritó fuerte el nombre del niño hasta llamar la atención de la gente del andén. Corrió por doquier, preguntó desesperadamente, sin éxito. El niño había desaparecido, en menos de lo que la sandía cayó en el graderío.


Rosendo tuvo ataque de histeria. Ya no gritaba el nombre de su hijo, pedía auxilio a voz en cuello. Sin advertir, dejó la sandía destrozada sobre la mesa de un restaurante, y deliraba en el centro de la playa de estacionamiento.
Una mujer sesentona se ocupó de él, y sugirió que acuda a la primera estación de policía ubicada a tres cuadras del mercado. Rosendo no la escuchó. Temblaba.


Caminó diez pasos, y sintió que le faltaba aire. Tenía los labios secos y la saliva espesa. Un hombre con camisa blanca le dijo al oído: “Vaya a la cruz roja, en la Alameda. Ahí depositan a los niños extraviados.” Rosendo seguía preso de pánico.


Pensaba dificultosamente en el rostro de Fidel: los ojos grandes, el cabello claro y el saco rojo con rayas negras que tejió la madre.


El patrullero llegó. Bajaron dos policías. La gente curioseaba.


—¿Dónde lo extravió? —dijo el gordo con gafas oscuras.


—En las sandías —contestó Rosendo, estupefacto con las manos aún en la cara.


El policía delgado inquirió sobre las características físicas de Fidel. Rosendo habló atropelladamente. La información era incoherente. Crispado, acertó a decir que el niño tenía dos años aproximadamente. Movió la cabeza con señal negativa cuando el policía preguntó por una fotografía de Fidel.


Aquella mañana nublada la esposa de Rosendo había encomendado una sandía para saciar el deseo que provenía del nuevo embarazo. “Llévate a Fidel porque no me deja lavar la ropa” – había dicho con imponencia mientras sacudía las sábanas sobre la piedra.


Rosendo cargó a Fidel, y cruzó la calle para alcanzar el autobús. Una chica de botas azules y gorra amarilla le cedió el sillón. El hizo un gesto de agradecimiento por la solidaridad, y se acomodó junto a un jubilado que leía un impreso. El titular a cuatro columnas informaba sobre el operativo realizado contra un grupo subversivo. La fotografía mostraba a una mucha tirada en la calzada, con la cabeza sangrando. El jubilado murmuró: “Estupendo”

La máquina circuló por la avenida de saucedales. Rosendo dijo a Fidel que mire los árboles verdes. Algunos de ellos estaban adornados con guirnaldas, otros portaban un letrerito de feliz navidad. La chica de gorro amarillo y botas azules aún estaba arrimada al sillón, y una de sus manos agarraba con fuerza el tubo superior. En la parada empresa eléctrica, Rosendo descendió despacio. Tomó de la mano a Fidel y caminaron por el pasillo de la estación.

En la salida leyó el anuncio de la interrupción del servicio de transporte a las dieciocho horas, debido al estado de excepción. Más allá miró las letras rojas sobre la pared blanca: “¡Viva Alfaro!”, y escupió un carajaso. Caminó por el paso cebra hasta alcanzar la esquina del mercado. Pensó en la sandía más grande; en las rebanadas que comerían todos, en casa.


Dos vueltas por la plaza, y Fidel no estaba. El policía hizo el parte. Una mujer susurró: “Roban a los niños para negociar los órganos”.


Rosendo abrió paso en medio de la multitud. Sintió una corazonada profunda hasta el alma, y sin más corrió por la sección de mariscos. Tenía la garganta de lija. Tocó las mejillas húmedas de lágrimas. Miró la puerta de salida, y emprendió la marcha afuera del mercado. Pensó lo peor: Fidel vendido al mejor postor, en la estación interprovincial; la madre recluida en un hospital para enfermos mentales; y él, abandonado a su suerte, en un pueblo oriental. Estuvo largo rato caminando sin rumbo.


Y de repente vio a lo lejos el cuerpo de una mujer, vendedora de lotería, que caminaba penosamente por el asfalto. Por un momento creyó que la mujer llevaba de la mano a un niño. Sólo era una alucinación. Sentado en el filo del paso peatonal, sintió desfallecer, como en el cuento Oasis, de Guiserá, donde el protagonista se dispone a morir con dignidad junto al dromedario, arrojados por la marejada de arena.


El ruido de una motocicleta lo repuso. Rosendo saltó, y subió a un montículo de escombros. Esta vez miró a un niño que caminaba de la mano de la mujer. Llegó presuroso hasta ellos. Gritó el nombre de Fidel. La mujer tomó al niño en sus brazos, y él se sujetó al cuello. Gritó otra vez, y su voz aflautada no encontró eco. Sintió temblor en las piernas, y, en insólito movimiento, arranchó a Fidel.


La mujer trémula no acertaba a decir algo. Sólo agitaba la carpeta repleta de billetes de lotería. Rosendo no tenía ganas de reclamar. Aún no salía del asombro. A lo lejos, tres policías forcejeaban con dos hombres que se negaban a entregar las hojas volantes alusivas a Alfaro.


Rosendo ingresó con su hijo al apartamento. La esposa los vio, y preguntó:
—¿La sandía?

TARZÁN TAMBIÉN MUERE ¹


Colecciono 323 cómics entre 1955 y 1958, desde Vidas ejemplares que eran biografías de santos, consagrados por el Papa, hasta Hopalong Cassidi, pasando por Condorito, La pequeña Lulú y Tarzán.


Cuando tía Lucy murió, heredé un baúl vacío donde guardé mi tesoro de revistas, que luego lo compartí con los muchachos, en el portal de la catedral. Por 20 centavos de Sucre 2 leían a gusto, sentados sobre el duro cemento.
Más tarde mi negocio tomó nuevo rumbo: distribuí la lotería de Guayaquil, Bohemia de Cuba, Selecciones y Mecánica popular de los ee.uu. de n. Pronto adquirí un Philips que, por la tarde, me permitió escuchar los programas de las emisoras La voz de los Andes-HCJB, Radio Habana y Caracol.


«Caracoool cubre a Colombia» – dijo con aplomo el locutor al otro lado de la frontera de Tulcán.- Y continuó: «El liberal Alberto Lleras Camargo, quien estuvo encargado del poder en 1945, triunfo este domingo 4 de mayo en las elecciones presidenciales de Colombia después de nueve años de no efectuarse estos comicios.- El hombre metió aire y acompasadamente, completó: «Tras la caída del general Gustavo Rojas Pinilla y la Junta Militar compuesta por los mayores generales Gabriel París y Deogracias Fonseca, el contraalmirante Rubén Piedrahita y los brigadieres generales Rafael Navas Pardo y Luis E. Ordóñez, el liberal Lleras Camargo llegó nuevamente al poder.- Hubo pausa, seguido de un comercial: «¡Coltejer, viste a Colombia!»


Algunos clientes, que suelen esperar las noticias de la tarde, preguntaron casi en coro: «¿Cómo va lo de Colombia?», y yo hice un resumen de la semana: La protesta de los estudiantes y la iglesia en contra de Rojas Pinilla por faltar a su promesa de no buscar la reelección; el paro general en Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla, la falta de alimentos básicos y el crimen organizado. Era una escuela política en la que me involucré sin proponerme. Chuta el problema continúa – dijo el burócrata de la Casa de Justicia-. Rojas Pinilla quiere un tercer partido por encima de los liberales y conservadores- acentuó, mientras acariciaba su bigote al estilo Hitler.- El carpintero Rubén, sentenció: «Los militares si cumplieron con su palabra pero el rojismo no.- Y agregó: «Parece que la venganza por intereses de clase, es un hecho».

Un muchacho con gorra roja, pide un cómic de Tarzán: «El de abril por favor. Es para el doctor Ojeda» – dijo, mientras mostraba un billete de 20.- Cambio de radio: «En urgente radio Habana, en urgente: tropas oficiales causaron 5 bajas a los bandidos irregulares que merodeaban en la manigua de Topes de Collantes».- El peluquero Sigifredo, refutó: «Dudo. La guerrilla de Fidel gana porque gana en contra de los yanquis y su lacayo Batista».- El turno del profesor Carrión, quedó interrumpido por el grito del muchacho que hojeaba el cómics de Tarzán:

-¡La Chita mató a Tarzán!.- Con la derecha levantó el impreso, y sus ojos húmedos parpadean conmovidos. Alzó el rostro e insistió: «Tarzán está muerto, mírenlo, y la Chita salta de dolor en el pecho sin vellos».- Estaba vez no pudo imitar a su Tarzán: «¡ Aaaauuuuaaauuuaaa!». Un disparo de fusil, robado a los cazadores furtivos, es una de las viñetas, que dan cuenta del crimen. La Chita jugaba con el arma y de repente un balazo perdido, destapó la cabeza de Tarzán.

El profesor Carrión, nuevamente frustrado porque no pudo compartir su pesadilla de anoche, recordó para sí cómo los chimpancés festejaban la muerte del libro. El chimpancé líder, con teléfono celular en mano, hablaba de las bondades del Un e-libro: «No pesa nada, no tiene existencia física, salvo como un archivo digital en un aparato electrónico».’- La camada aplaudía. Y el mono, ratificaba: » Ahora llevaremos miles de ellos en un pequeño e-tablet. Las tiendas que venden libros electrónicos no tendrán estanterías sino para antigüedades, y la transacción de un e-libro será cosa de segundos desde la comodidad de nuestros árboles con internet»

La calle era una fogata. Un grupo de estudiantes quema a 50 metros de mi anaquel los letreros de candidatos socialcristianos, que, con Camilo Ponce Enríquez a la cabeza, ganaron a su modo las elecciones. «Ponce – dijo el profesor Carrión, recuperado de la frustración- dio muestras de capacidad represiva, cuando fue Ministro de Gobierno en el tercer velasquismo». Y en una suerte de presagio, remató: «Habrá mas baño de sangre en contra del pueblo».


¹Johnny Weissmüller.
1904 – 1984
Johnny Weissmüller (cuyo nombre verdadero era Peter Johann Weißmüller ) nació en Timișoara, Imperio Austrohúngaro, hoy Rumania, un 2 de junio de 1904 , y falleció en Acapulco, Guerrero, México, el 20 de enero de 1984; fue un deportista y actor estadounidense de origen austríaco.
En los registros deportivos, aparece como uno de los mejores nadadores del mundo durante los años 20s, ganó cinco medallas de oro olímpicas y una de bronce; 52 campeonatos nacionales estadounidenses y estableció un total de 67 récords mundiales.
Después de su carrera como nadador, se convirtió en el sexto actor en encarnar a Tarzán, papel que interpretó en doce películas. Ha sido el Tarzán que más popularidad alcanzó en el cine de su especialidad.

LUCHO INDIUCHO


Lucho Indiucho no está muerto; sólo sueña en un recodo de la carretera.


Era enamorado de Pimela Sarango Vadivieso, una chica adolescente que solía hablar con el desde la ventana enrejada, en la casa de ladrillo de Catamayo.


Lucho trabajaba en una pequeña empresa artesanal de tejas, en la vía El Tambo del río Boquerón.


El viernes en la tarde, luego de recibir el salario, solía atar junto al manubrio de la moto un ramillete de flores, destinado a Pimela. Al llegar a casa de ella, embragaba tres veces consecutivas, y a poco la chica aparecía asida al marco de la ventana, sonriendo con hoyuelos y todo.


El viernes de San José, Lucho no estuvo a la cita. Pimela esperó más de la cuenta; su corazón latía en los ojos de cerveza. Al llegar la noche, angustiada cerró la ventana y abrió su insomnio. Pensó lo peor: vio la moto rugiendo en la carretera lastrada, que, al tomar una curva, perdió equilibrio, se encunetó y lanzó el cuerpo de Lucho entre las piedras. Abatida y con las sábanas en la cabeza, supuso imágenes que la consolaron: lo vio junto a la madre enferma de tirisia; sentado a la mesa, con la copa de guanchaca, en la tienda del puente. O apostando a los gallos, en el palenque del pueblo. Antes del amanecer, Pimela, concilió el sueño. Y a la misma hora, Lucho dormía contuso a sol abierto, cerca del cañaveral de Justo Samaniego.


El sábado a mediodía, un arriero encontró a Lucho inconsciente en la cuneta del camino; tenía contusiones en casi todo el cuerpo. Lo acomodó sobre el burro, y caminó hasta ganar la carretera asfaltada. A poco estuvo en el dispensario médico; la enfermera comprobó que aún gozaba de signos vitales. El doctor miró los labios y los ojos. Movió la cabeza, y murmuró:

-Está deshidratado. Póngale un suero.

-Sí- respondió la enfermera.- Y agregó: conozco a alguien que pude venir por él.

-Si es así, proceda a llamar a ese alguien – dijo el médico de barba de ocho días.


Afuera llovía, y un perro levantaba la pata para orinar al borde de un poste de alumbrado público, que tenía un cartel con la foto derruida de un hombre joven, sonriente, con espejuelos, corbata y la frase apenas legible: Fuerza del cambio.


Lucho despertó parpadeando. Estiró los pies. No tenía ganas de hablar. Recordó entonces las flores y la moto. Me asaltaron, dijo para sí. Y cerró con fuerza los ojos. Me obligaron a beber algo, insistió.

En la puerta de la sala de urgencias estaba Pimela con un ramillete de flores en las manos, todas marchitas.

Avanzó hasta la cama y abrazó a Lucho que al verla, durmió hasta soñar que estaba muerto.

Sobre el Autor

césar cando mendoza

Estudios superiores en pedagogía y filosofía por las universidades públicas de Loja y la Central de Quito, Ecuador; arte digital en la Universidad de las Américas.- Incursiona en la narración pero sobre todo la poesía; sus muestras creativas aparecen regularmente en revistas electrónicas de dentro y fuera del país. Inició: diciembre de 2021

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