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Balada de navidad y otros cuentos

Balada de navidad y otros cuentos

5 cuentos breves de césar cando mendoza

EN PALACIO

El séquito de adulones llegó a palacio. Eran seis pero parecían quince. Subieron por la mullida alfombra. No había prisa. El dictador los esperaba a medio día pero era incierto porque las protestas sociales lo tenían nervioso, y mascullaba duda por el decreto que no se atrevía a firmar.

Los lisonjeros ocuparon las butacas amarillas de la sala de espera. Hablaban con las miradas. El de traje gris guiñó el ojo para decir que era justo y necesario reconocer el talento del dictador que, años atrás, demostró su exquisito buen humor sobre las anécdotas eróticas. Los adulones asintieron con un movimiento de manos. El de corbata roja miró el reloj muñequera y dijo para sí: «van dos horas, y nada». Los otros adivinaron pero se abstuvieron de comentar porque el dictador era la medida del tiempo.

Por la noche ingresaron al salón oval donde el dictador yacía, tumbado de agotamiento en la mesa. Levantó la cabeza y con un breve ademán de mano, ordenó que se sentaran.

Afuera arreciaban las balas perdidas de los milicos que no esperaron la vigencia del decreto. El dictador los escrutó.Escuchó a los seis. Cada quien hizo una versión acabada de la obra escrita con bromas, que hizo enorgullecer al autor. El resto hicieron del silencio una baba cómplice.

El de camisa celeste habló de los premios, destinados a los hombres y mujeres ungidos. Pero mereció la interrupción del dictador:

– No hay plata.

-Pero su excelencia sí es posible los trofeos.

– Hay que ver – dijo el dictador, con la mano en la oreja derecha.

El más viejo de los adulones, con voz apagada, mentó a cuatro científicos y literatos que recibieron los premios hace veinte años: «Fue todo un acontecimiento cultural» – dijo con vehemencia- Y agregó:

– A tal punto que bajó la tensión en los terroristas callejeros

El dictador completó:

– De eso se trata. Porque la bala sola no conviene a la Patria. Es necesario un brochazo espiritual.

Los serviles aplaudieron a rabiar. Más allá de la Plaza Grande, los en pie recogieron tres cadáveres de jóvenes acribillados.

LA TURCA CHABELA


SOLÍA ABRIR LA CARPA a las diez y cerraba a las dieciocho. Pocas veces salía a la puerta. La hija Marlene, difundía a voz en cuello la bondad y eficacia de la quiromancia y cartomancia.


Dícese que un hombre arrogante, extendió la mano derecha para que la Turca la leyera, y al contemplar los ojos claros del hombre, dijo sin tartamudear:

-Tendrás que hacer alianza con tu enemigo si deseas alcanzar la presidencia.


El hombre salió de la carpa y caminó hasta su despacho. Sin pensar dos veces se conectó por video conferencia:

-Te ofrezco que encabeces las diputaciones en catorce distritos a elegir a cambio de que depongas tu candidatura presidencial.


Al otro lado, la imagen regordeta del opositor, brillante por la luz artificial, respondió:

-Más los contratos mineros con los chinos.

-Cabrón. Eso veremos – dijo el hombre, con aire despótico.

-¡No, carajo! Los contratos corren de nuestra cuenta – dijo, como silabando, el opositor.

-Espera. Dame tiempo – espetó el hombre. -Y salió en busca de la Turca.

La Turca echó las cartas sobre la franela roja. Miró los ojos inquietos del hombre, apretó los dientes y pronunció con aplomo:

-Tendrás que matar a los opositores de las izquierdas, antes que ellos te maten.


El hombre salió seseando. Dispuso que los sicarios atenten contra la vida de los de izquierdas, incluido los socialdemócratas por traidores. A poco, aparecieron decenas de cadáveres en fosas comunes.


Por enésima vez el hombre acudió a la carpa, en busca de la Turca, quien, al leer nuevamente la mano temblorosa del hombre, concluyó:

-Debes suicidarte cúanto antes. No entiendes que la riqueza no es tal sino está en función social.

El hombre la dejó para ver que todos los electores estaban muertos, también la Turca y su hija yacían muertas en la puerta.

Afuera llovía. Un estruendo levantó las tejas de las casas, y los perros salieron en estrepitosa carrera.

***

TIEMPO


Me mira la lagartija con sus ojos de hierba, y pregunto:

-¿Cuánto tiempo estaré muerto?

-El lapso que viviste
Camino del puente Negro, veo la caravana de hormigas con su cargamento de migajas de sol; pido que se detengan, y repregunto:

-¿Cuánto tiempo estaré muerto?

-Eternamente


Alcanzo el extremo sur del puente, e insisto a un octogenario de sombrero, alforja y bastón:

-¿Cuánto tiempo estaré muerto?

-Hasta que se extingan las lagartijas y las hormigas.

***

Balada de navidad

– ¡Ehee!, ¡ehee!, ¡ehee! – repetía Jor a pocos pasos del torete de pelaje azabache. Yo lo contemplaba tras el alambrado de púas, en Zamora Huayco.


– El astado agachaba apenas la cabeza, luego movía la cola, con movimiento de viada.
– ¡Cuidado, matador! – alerté, con acento taurino-. Es bravo.- Pero Jor templó aún más la franela roja, e insistió: ¡ehee!, ¡ehee!, ¡ehee!.


Por un instante pensé que estábamos en la plaza de toros, de Quito, y me pareció escuchar la ovación de la gente agolpada en generales.


De pronto el torete metió la cabeza en la muleta, y echó a volar el cuerpo delgado de Jor que cayó de bruces en la hierba. El torete husmeó el cuerpo inerme, mientras yo, sin pensar, crucé la cerca al grito de ¡ehee!, con el gorro navideño, revoloteando en ocho.


– ¡No te nuevas, Jor! – exclamé, y el animal me clavó los ojos en el corazón.- ¡No te muevas! – repetí, está vez a pocos centímetros del animal, y casi sin pensar coloqué el gorro entre los pitones afilados.
Una pareja de campesinos, con baldes en las manos, después de denostarme por haber invadido predios ajenos, ayudaron a trasladar a Jor hasta la carretera, donde un vecino nos transportó en el balde de una camioneta hasta la puerta de la clínica San Agustín.


En el trayecto, Jor deliró: «olvidarte nuuunca, olvidarteee nuuuncaaa». Yo lo tomé de la cabeza; vi la mancha de sangre en el jean a la altura de los testículos.


– Resiste, matador, resiste – dije con aplomo, y Jor: «pasarán los días, pasarán las horas».- Era una balada de los Ángeles negros que solíamos cantar a las hijas del radiotécnico Coronel. Pensé en la inútil provocación al torete y las consecuencias nada halagadoras; pensé en la prohibición de cualquier tipo de espectáculo que involucre combates entre animales. O entre animales y personas, así como el entrenamiento de animales para estos fines. Décadas más tarde un presidente de la república preguntó a los gobernados sobre el tema, y el resultado favoreció a los antitaurinos y en contra de los que hacen negocio con diversiones atroces.


Los signos vitales de Jor disminuyeron con la tarde. El diagnóstico se relacionó con heridas causadas por objetos punzocortantes que afectaron los músculos y tejidos a nivel de la ingle derecha. Aunque Jor estaba fuera de peligro, el tratamiento clínico y la terapia física estuvo programada por largo tiempo.


La hermana de Jor donó sangre, la novia no porque su grupo sanguíneo era diferente. Yo fui víctima de preguntas y repreguntas por parte de los parientes en todos los grados de afinidad y consanguinidad. No faltó el periodista elucubrador que preguntó sobre los motivos que nos impulsaron a practicar tauromaquia, y la respuesta no pudo ser más imaginativa porque eché mano de las películas que disfrutamos en el Popular, como los melodramas referentes a la vida de Manuel Benítez, El Cordobés, y Palomo Linares, incluso de Mario Moreno, Cantinflas. El periodista quedó satisfecho pero los espectadores no porque querían una historia audiovisual, un performance para saciar la curiosidad de conocer los detalles del futuro matador internacional.


Después de dos meses de recuperación física la cuenta por concepto de hospitalización fue onerosa, pero de todos modos Jor salió con bastón en la puerta del edificio: hubo aplausos, un fanático con la cabeza de toro y gorra de Santa Claus montó algarabía, el coro de muchachas dejó de lado los villancicos para cantar la balada completa de los Ángeles negros, cuyo estribillo se escuchó en tres cuadras a la redonda: «…Pero a tiii olvidaaarte nuuunca, si juré contigo olvidaaarte nuuuncaaa».

TARZÁN Y LA ESQUINA

Quiero una de Tarzán actual, digo con ansiedad al hombre encargado de alquilar los cómics. Entrego una moneda en la palma de su mano, que me mira y habla.

-Tienes que esperar porque está alquilada.

Resignado, veo los de La pequeña Lulú, Llanero solitario, Chanoc, Vidas ejemplares, exhibidas en un tablero horizontal, con un cordel y junto a la pared. En la parte superior los restos de un afiche vetusto, amarillento, muestra el busto de un hombre narizón, sonriente, con una camisa de cowboys. Es Galo Plaza, candidato presidencial

La ansiedad de leer cuánto antes a Tarzán me  hormiguea las manos. Quiero ser el primero en comentar mañana a la hora del recreo; ganarle al trompudo Saltos en eso de las travesuras de la mona Chita. Y sentirme docto en materia de tarzanería.

Pienso en lo que dijo tío Lor respecto del liberal Plaza que ganó la presidencia por casi 20 mil votos, de un total de 290 mil registrados.

Después de quince minutos, el muchacho devuelve la revista, y el hombre con cara de ningún amigo pone en mis manos el manojo de hojas rectangulares con viñetas full color.

Corro a sentarme en la vereda junto a los otros chicos, con los ojos casi pegados al impreso. El hombre vigila de reojo, como intentando pescar a los tramposos que suelen cambiar de revistas, sin pagar.

La tapa es un Tarzán trenzado con el león cuya melena roza los hombros desnudos del hijo de la selva; las dos manos abren la trompa repleta de colmillos de la bestia. Me parece escuchar su rugido y los chillidos de la Chita por el fondo del ronroneo de un camión viejo que se desplaza sobre los adoquines. Leo de un tirón las diálogos, y hago un recuento: Tarzán busca a Jenny extraviada a orillas de la laguna prohibida. El sol perturbador de medio día obstaculiza la visibilidad. Pausa. Tarzán escucha un disparo de fusil. La Chita salta temerosa. Ambos se refugian bajo los matorrales. Pausa. Tarzán sube rápidamente por el tronco de un árbol y alcanza a cubrirse con las ramas. Pausa. Suenan dos disparos a lo lejos. Son tres cazadores de leones. Uno de ellos empuja a Jenny atada de manos hacia la orilla donde los caimanes esperan. Pausa. Los cazadores  se repliegan. Jenny luce fatigada y nerviosa. Pausa. Tarzán vuela asido de un bejuco hasta el árbol gigante, repite la hazaña por dos ocasiones acompañado de Chita. Pausa. Los cazadores disparan sin éxito contra Tarzán, que vuela como mosca entre los árboles y la maleza. Pausa. Tarzán cae sobre los cazadores y los desarma. Acto seguido los amarra contra un tronco. Pausa. Encuentra a Jenny expuesta a las fauces de los cocodrilos. La libera, y se abrazan. Pausa. Chita brinca de alegría. Tarzán presiente un peligro. De repente el león salta a escena. Gruñe. Pausa. De un santiamén el felino ataca a Tarzán que no puede sacar el puñal. Ambos se trenzan furiosamente. Revolcándose. Tarzán logra dominar al león: lo toma de las mandíbulas. Pausa. Un disparo certero a la altura del corazón deja exhausto al león. Es Jenny. Ella aparece de pie con el fusil aún caliente. Los cazadores prisioneros contemplan estupefactos la escena. Tarzán acaricia a Jenny. Pausa. Chita entusiasmada ensaya volatines, y Tarzán con las manos en derredor de las mandíbulas: ¡Aaaooouuu!

Pienso otra vez en tío Lor que gusta narrar las aventuras de la selva de los monos en la provincia de El Oro, el desbroce de los árboles y la invasión de los mosquitos cuando su estancia en las propiedades de la United Fruit Company. Mientras almorzábamos solía enfatizar: «La United está de fiesta porque tiene moneda propia, y nos obliga a comprar los víveres en las tiendas de raya. El gringo Plaza apoya los abusos de sus coterráneos, y sabemos que las misiones del Fondo Monetario Internacional, el banco internacional de de reconstrucción y fomento y el Eximbank están de visita. Tío Lor mostraba un libro negro sobre las andanzas de la United en América Latina, escrito por un Stacy May pero con la autoría del prestanombres Plaza». Yo escuchaba sudoroso, como si estuviera de la mano de Tarzán. En el patio de la casa, solía lanzar a los cuatro vientos y a mi manera el aullido: ¡Aooouuu!, y mis hermanos aplaudían a rabiar.

El muchacho delgaducho sentado a mi derecha lee una de Dalai Lama, y deletrea la pregunta:

-Su Santidad ¿Qué es lo que más le sorprende de la humanidad?

– El hombre. Porque primero sacrifica su salud para ganar dinero, y luego sacrifica su dinero para recuperarla; además está muy preocupado por el futuro hasta el punto de  no disfrutar del presente, con el resultado de vivir suspendido entre el presente y el futuro; vive como si nunca fuera a morir, y muere sin haber vivido realmente.

Miro al delgaducho, y veo sus ojos hundidos en las cuencas casi esqueléticas. Estoy a poco de tocar su cabeza pero el pitazo del policía de la esquina me devuelve a la vida.

El muchacho propone intercambiar los cómics. Sonrío. Y antes de perfeccionar la trampa, el hombre se interpone con su rostro de cazador malvado. Las arrancha y camina de prisa hacia el exhibidor. Coloca las revistas en la hilera superior y desparrama la mirada por la esquina de la Diez de Agosto y Bolívar.

El delgaducho y yo corremos sin regresar a mirar. En el parque Santo Domingo descansamos. Y el saca de la manga de su camisa el cómic de Chanoc para echarlo al viento, en medio de nuestras carcajadas que suben por la torre trunca de la iglesia, hacen un trampolín antes de tocar la aguja de la otra torre completa, y luego se mezclan con la ráfaga gris de las últimas golondrinas del ocaso.

Sobre el Autor

césar cando mendoza

Estudios superiores en pedagogía y filosofía por las universidades públicas de Loja y la Central de Quito, Ecuador; arte digital en la Universidad de las Américas.- Incursiona en la narración pero sobre todo la poesía; sus muestras creativas aparecen regularmente en revistas electrónicas de dentro y fuera del país. Inició: diciembre de 2021

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